En nuestro medio, la mayoría de los niños son diagnosticados en los primeros meses o años.
Por ello, crecen incorporando el manejo de la enfermedad como parte de sus vidas y de a poco,
comienzan a conocerla.
Por su parte, los padres perciben las consecuencias de la enfermedad desde el primer
momento. La comunicación del diagnóstico representa un duro golpe, por la información
traumática que reciben. Es habitual que la familia viva esta etapa en un clima de desazón que
impide el control de las manifestaciones emocionales tales como: negación de la enfermedad,
tristeza y desilusión, sentimiento de culpabilidad y/o temor a lo desconocido.
Un estado de shock emocional inicial puede ocasionar un cuadro transitorio de
embotamiento intelectual que dificulta la comprensión y el registro de la información recibida.
Desde el momento en que los padres son informados sobre el diagnóstico están fuertemente
impresionados por una realidad amenazante y pueden tener dificultad para pensar positivamente
sobre el futuro. Son importantes los mensajes que ayuden al desarrollo de la esperanza y posibiliten
ampliar la visión de la vida, por cuanto ésta contiene muchas facetas y la FQ es sólo una.
Tomar conocimiento de una noticia desagradable siempre es difícil de aceptar; por lo tanto,
en un primer momento son frecuentes las reacciones de duda o huida que pueden determinar otras
consultas.
La no aceptación de la enfermedad puede ser un mecanismo de defensa contra la angustia y el
dolor; cuando esta actitud se prolonga puede tener un efecto desfavorable en la evolución al
determinar la falta de cumplimiento de los tratamientos indicados.
En algunos casos la resistencia al tratamiento, en particular a la kinesioterapia, puede ocurrir
cuando los padres interpretan equivocadamente esta práctica como una agresión a un niño
enfermo.
En algunas familias puede advertirse dificultad en registrar los cambios en el estado clínico
del niño, la que puede ser entendida como una forma de "no querer saber nada" con la enfermedad,
sin poder comprender que el tratamiento adecuado mejoraría la calidad de vida.
El niño y la familia necesitan adaptarse poco a poco. Es fundamental que puedan solicitar a los
profesionales toda la información necesaria.
Los padres junto al equipo de salud deberán buscar estrategias individuales que estimulen la
realización de las prácticas terapéuticas cotidianas, a pesar de las conductas negativas o de enojo
que puedan aparecer.
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